viernes, 2 de mayo de 2014

Moriscos. "Las minorías marginadas, Persecuciones", para quien no sepa quienes eramos los moriscos, uno de sus descendientes. Yusuf Galán


Los moriscos (palabra que deriva de moro) fueron los musulmanes españoles bautizados tras la pragmática de los Reyes Católicos del 14 de febrero de 1502. Tanto los convertidos con anterioridad al catolicismo romano de forma voluntaria como los convertidos obligatoriamente en adelante pasaron a ser denominados moriscos. Antes de la conversión forzada, a los musulmanes que vivían practicando de manera más o menos abierta su fe en los reinos católicos romanos la historiografía los llama mudéjares, aunque en la época esta denominación se refería sobre todo a los musulmanes del Reino de Castilla, ya que en Aragón se les llamaba simplemente moros y, en Valencia, sarraïns (“sarracenos”).
 Fueron numerosos en el sur de Aragón y el sur del reino de Valencia. En Castilla no fueron abundantes, a juzgar por los datos que nos han llegado de las cuentas de contribución (un tipo de impuestos), salvo en el reino de Granada.
Denominación
Morisco es la palabra que usa la historiografía para referirse a estos musulmanes catolizados, aunque en la época se usaban con frecuencia otras denominaciones como la de mudéjar (que la historiografía reserva ahora a los musulmanes en territorio cristiano antes de 1502, es decir antes de su conversión formal al catolicismo), sarraceno (en los territorios de la Corona de Aragón) y cristiano nuevo, o más específicamente cristiano nuevo de moro, para diferenciarlos de los judíos bautizados, que también eran cristianos nuevos. La palabra morisco tiene otros usos históricos menos conocidos: en Canarias se llamaba de este modo a los musulmanes de origen norteafricano y en América se usaba en ocasiones como sinónimo de “mestizo”.
Demografía
Los moriscos se distribuían en cuatro grupos, extremadamente distintos entre sí y con una amplia variedad interna.
Reino de Granada
Al haber sido el último reino islámico de la Península, en esta región se concentró hasta los años setenta del siglo XVI el mayor contingente morisco, mayoritario y muy escasamente aculturado: hablaban corrientemente el árabe, conocían bien el islam y conservaban la mayor parte de los rasgos culturales que les eran propios: vestido, música, gastronomía, celebraciones, etc. Tras la rebelión de las Alpujarras (1568-1571) los moriscos granadinos fueron deportados hacia Castilla.
Reino de Valencia
El segundo mayor contingente se concentraba en esta zona, en la que era alrededor de un tercio de la población. Protegidos por los señores de los que eran vasallos, a causa de los fuertes impuestos que pagaban, los moriscos valencianos también estaban poco aculturados. El uso de la lengua árabe era corriente, en situación de bilingüismo con el castellano y el valenciano, y la práctica de la fe musulmana era notoria, a pesar de le teórica pertenencia de esta comunidad a la Iglesia. Los moriscos valencianos tuvieron fama entre los demás moriscos por su alto grado de conocimiento del Corán y la Sunna, y por esta razón los alfaquíes valencianos solían viajar y ejercer de maestros de los moriscos de otros lugares de España. Fueron principalmente los moriscos valencianos los que, por su situación costera y por su conocimiento de la lengua árabe, establecieron relaciones ocasionales con turcos y berberiscos.
Reino de Aragón
En Aragón los moriscos constituían alrededor de un 20% de la población total del reino, y se asentaban principalmente a orillas del Ebro y sus afluentes. Al contrario que los valencianos y los granadinos, no hablaban árabe, pero en su situación de vasallos de la nobleza disfrutaban también del privilegio de poder practicar de forma no excesivamente clandestina su fe musulmana.
En la ciudad de Monzón (Huesca) se celebra una singular tradición relacionada con los moriscos: se la conoce como “El Bautizo del Alcalde”. Se reedita cada año el 4 de diciembre, festividad de Santa Bárbara, patrona de la ciudad, y consiste en el lanzamiento de castañas y golosinas desde los balcones del Ayuntamiento a la muchedumbre congregada en la plaza Mayor. Hasta bien adelantado el siglo XX también caía alguna peseta. Los encargados de lanzar los regalos son los concejales, las Zagalas y Zagaletas, algunos invitados… El 4 de diciembre de 1643, las tropas castellanas reconquistaron el castillo de Monzón que estaba en poder del ejército francés desde el 19 de mayo de 1642 (Guerra de Secesión), y por este motivo Santa Bárbara es patrona de la ciudad. Hasta aquí, la historia. A renglón seguido, la leyenda cuenta que la población decidió nombrar alcalde, y que la mayoría se pronunció a favor de un hombre recto, cabal… y morisco. La confesión religiosa del electo estaba en duda, y el conflicto se solucionó cuando confirmó su fe cristiana, aceptando ser bautizado en público, y la ciudad estalló en una fiesta, y desde los balcones del Ayuntamiento cayeron castañas y dulces.
Reino de Castilla
En las dos Castillas, Extremadura y Andalucía la presencia morisca era escasa, salvo en lugares muy concretos como Hornachos, Arévalo o las Cinco Villas, donde constituían la mayoría o la totalidad de la población. Los moriscos castellanos no se diferenciaban apenas de los católicos viejos: no hablaban árabe, buena parte de ellos eran realmente católicos y los que no lo eran solían tener un conocimiento muy básico del islam, que practicaban de forma extremadamente discreta. No desempeñaban profesiones específicas ni vivían separados de los católicos viejos, salvo en los enclaves puramente moriscos, de modo que nada en su aspecto exterior les diferenciaba de aquéllos. La llegada de los moriscos granadinos desterrados supuso una revolución en Castilla, ya que al conservar intacto todo aquello que les podía identificar como moros (idioma, vestido, ceremonias, costumbres…), provocaron que la hasta entonces discreta presencia morisca se hiciera muy visible, lo cual tuvo consecuencias para los moriscos castellanos, a pesar de los varios intentos que hicieron por distanciarse ostensiblemente de los granadinos. Así por ejemplo, los matrimonios entre moriscos castellanos y cristianos viejos eran más frecuentes que entre aquéllos y los moriscos granadinos. La población pacense de Hornachos constituía una excepción, ya que no sólo eran moriscos prácticamente todos sus pobladores (algo que ocurría en otras localidades) sino que practicaban de forma abierta el islam y tenían fama de indómitos e independientes. Por esta razón, la orden de expulsión de los moriscos de Castilla se refiere de modo particular a los hornacheros, que fueron de hecho los primeros moriscos castellanos expulsados y que mantuvieron su cohesión y su combatividad en el destierro, fundando la república corsaria de Rabat y Salé.
La expulsión de los moriscos
La expulsión de los moriscos, es decir, de la minoría musulmana que vivía en España como legado de la España árabe, constituye uno de los temas capitales de nuestra historia. La tolerancia religiosa que había caracterizado la Edad Media, expresada por el mozarabismo y el mudejarísmo  fue sustituida, con el advenimiento de los tiempos modernos, por la tendencia asimiladora de los Reyes Católicos y de los primeros Austria. Al fracasar la asimilación ganó cuerpo la idea de la expulsión, decretada por Felipe III en 1609. España aprovechó la coyuntura pacifista del Occidente europeo-paz de Londres de 1604, tregua con los holandeses de 1609-para concentrar sus flotas en el Mediterráneo y resolver un aspecto crucial de su unidad interna con la expulsión masiva de los moriscos.
Con la excepción de los señores afectados en sus propiedades, la durísima medida de Felipe III fue recibida con un aplauso general. El 4 de Abril de 1609, Felipe III recluido en el Alcázar de Segovia, firmó el terrible decreto que había de borrar de sobre la faz de España, millares de pobladores dedicados, en su mayor parte, al cultivo de las tierras. El decreto de expulsión. En realidad, estaba calcado del de los Reyes Católicos contra los judíos en 1492 y, como aquel, se atendía exclusivamente a la religión y no a la raza.
Le importaba poco a Felipe III la cuestión política. Muy influenciado por el Duque de Lerma y su confesor Fray Gaspar de Córdoba y una vez orillada la cuestión religiosa. En su indolencia dejaba el gobierno completamente abandonado en las manos del Duque de Lerma y Marques de Denia. No le alarmaba el temor de una rebelión de los moriscos, hecho con el que amenazaba el Arzobispo Ribera, porque la proporción de los cristianos con los moriscos era bastante tranquilizante. En el censo de 1599, había en el Reino de Valencia 28.071 familias moriscas por 73.721 cristianas. La laboriosidad, la sobriedad, la frugalidad en su trato, el ningún lujo que tenían en sus casa y en los vestidos, y el afán en al que a pesar de los impuestos que pagaban iban allegándose dinero y proporcionándose una situación más ventajosa que la de muchos cristianos viejos, la rapidez con la que se multiplicaban por no admitir entre ellos el celibato y casarse muy jóvenes, el no contribuir al servicio de las armas, del que estaban eximidos, sin perder gente en las costosas guerras que entonces mantenía España, el no emigrar en busca de riquezas al nuevo mundo, todo esto hacia que los moriscos se multiplicaran con extraordinaria rapidez.
Era tal el crecimiento de la población morisca, que a principios del siglo XVII y a petición de las Cortes del Reino se suspendió la formación de los censos para no revelar a los moriscos la fuerza que tenían. La situación se hacia insostenible. La ambición del Duque de Lerma , que obtuvo para sí y sus hijos, de la parte que se apropio de las ventas de las casas de los moriscos la cantidad de 500.000 ducados. El codicioso ministro estaba acostumbrado a explotar en provecho propio las grandes medidas políticas. El día 23 de Septiembre de 1609 en las calles y plazas de Valencia, se pregonó la pragmática de expulsión, en la que el rey apellidando herejes, apostatas y traidores a los moriscos, decía que, usando de clemencia, no les condenaba a muerte, ni confiscaba sus bienes, con tal de que se apresurasen a ser embarcados en el termino de tres días y dejasen para siempre las tierras de España.
En ese plazo tan corto de tres días, los moriscos y sus mujeres, bajo pena de muerte, debían dirigirse a los puertos que cada comisario les señalase. No se les permitía sacar de sus casas más que los bienes que pudieran llevar sobre sus cuerpos. Se autorizaba a cualquiera que encontrase a un morisco desbandado fuera de su lugar pasados los tres días del edicto, para poder apoderarse de lo que llevara, prenderle y darle muerte si se resistía. Imaginemos la sorpresa que ocasiono en los moriscos este terrible bando. Se les obligaba a abandonar la tierra en la que habían nacido, ellos y sus antepasados, el suelo que habían regado con el sudor de frente y que habían fertilizado con su industria.
El mayor peligro para los moriscos estaba en llegar a los puertos de mar, deseosos los cristianos viejos de vengarse y atraídos por el amor al pillaje, formaban cuadrillas en los caminos, que asaltaban, robaban y asesinaban a los infelices moriscos. Soldados y paisanos rivalizaban en codicia y crueldad. Muchos señores tuvieron que acompañar hasta el mar a sus vasallos. El Duque de Maqueda llevo su generosidad hasta ir con sus vasallos de Aspe y Crevillente y dejarlos en Oran. Muchas de las familias, que creyéndose más seguras habían fletado para sí buques para ser trasladados a África, perecieron en el camino victimas de la codicia y brutalidad de sus patrones. Fueron robadas y degolladas durante la travesía y arrojadas al mar.
En el destierro de los moriscos se repitieron las escenas de amargura de la expulsión de los judíos en el siglo XV. Los sentenciados habían de seguir habitando en sus lugares. ¡Qué tristeza en los últimos días de estancia en el solar de los antepasados, sin cultivar ya los huertos que habían de pasar a manos extrañas!. hasta que se presentase el comisario que debía conducir a la desventurada caravana hasta el puerto en el que esperaran las galeras del Rey.
Desde una perspectiva moral la expulsión de los moriscos fue un acto de barbarie e intransigencia religiosa y política. Aproximadamente, 112.000 personas (más de 42.000 desde los puertos de Denia y Javea) fueron echados de su país por la sencilla razón de que eran diferentes: hablaban otra lengua, tenían otras costumbres y adoraban al mismo dios de forma distinta. Los 127.000 moriscos expulsados o muertos representaban un 30 % de la población valenciana. La perdida demográfica fue terrible y la repoblación tardo cerca de un siglo en llenar parcialmente aquel vacío. En el orden económico se vio privada la nación de la población más útil, productora y contribuyente. Costo el trasporte de los moriscos a África, 800.000 ducados. Por otra parte, los moriscos pusieron en circulación gran cantidad de moneda falsa que afecto al comercio y a la hacienda publica. Los campos quedaron sin cultivo. Los señores territoriales perdieron muchas de sus rentas. Las fortalezas feudales fueron derribadas y sus dueños, que no podían defenderse por la falta de vasallos, se concentraron en las ciudades. La industria falta de brazos se arruinó cerrándose las fábricas y talleres. Los moriscos expulsados produjeron otra clase de males a España más funestos que los que se pretendían evitar con la expulsión, males que cubrieron sus costas de luto y desolación por muchos años. Animados los moriscos del más profundo odio contra los españoles, muchos de ellos se dedicaron a ejercer la piratería sembrando el terror en nuestras costas.
Ejemplo de la comarca de Calpe
Los ataques sufridos por los calpinos en 1637 y 1744 son buena prueba de ello. Los últimos moriscos de la Marina (mayoritariamente niños y posiblemente huérfanos de la batalla de la Vall de Laguar) fueron bautizados en la iglesia de San Pere de Benissa el 28 de Octubre de 1610. Benissa contaba en 1609, según el censo de Francisco de Miranda, con 210 casas de cristianos viejos y 30 de moriscos. En Calpe, los pocos moriscos que había vivían en la Coma de la Morería (Casa de Cultura) el resto se encontraba disperso en las distintas alquerías de la Cometa, Toix, Enchinent, etc,.Los moriscos vendieron precipitadamente todos los bienes que no podían llevar consigo, provocando una brusca caída de los precios por un exceso de oferta Esta circunstancia propició el que unos cuantos terratenientes foráneos se hicieran con las mejores tierras de Calpe.

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